El Alto Valle del Rin Medio en un día de otoño y una interpretación personal de la leyenda de Loreley.


Entre las ciudades de Bingen am Rhein y Coblenza en el estado federeal de Renania-Palatinado (Alemania) discurre el Rin a lo largo de unos 65 km por un estrecho valle fluvial con pueblos históricos a orillas del río, y con un paisaje muy singular en el que alternan en las laderas, por lo general de fuerte pendiente, bosques, viñedos y fortalezas. A este tramo se le conoce como el Rin romántico o el Alto Valle del Rin Medio y que por ser un área en el que se asocian un patrimonio de gran valor geológico, histórico, cultural e industrial, en junio de 2002 fueron declaradas sus 34.680 ha como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.


Inciso: Una música muy apropiada para la lectura de este artículo es la contenida en este vídeo de Youtube, "Mittelalterliche Musick".

El valle cuenta con un microclima propio más benigno que el de otras regiones hasta el punto que en la ladera Sur se extienden en grandes pendientes pedregosas viñedos que dan origen a los vinos del Rin, entre los que destacan los blancos elaborados con la uva Riesling. Pero ese clima particular - junto con el paisaje en el que se entremezcla naturaleza, agricultura, pueblos y castillos- también ha propiciado el turismo que cuanta con una gran oferta entre la que se encuentran los cruceros y lugares emblemáticos como el Loreley. Este último es una roca de pizarra que se eleva unos 132 metros por encima del río, el cual aquí se estrecha en una curva en la que aumenta peligrosamente la velocidad de la corriente.









Una de las épocas que se recomienda para visitar el valle es el otoño en el que el característico color de la vegetación caducifolia suma belleza al entorno. No fue esa la razón, sino la oportunidad, por lo que con unos amigos, los mismos con los que estuve en el estanque de las anátidas, visite en octubre este hermoso y singular lugar. Fue una jornada maravillosa a pesar de que durante la mañana llovió. Lo que me resultó mas atractivo fue el el río flanqueado por la vegetación de otoño; el asado de cerdo con setas y el vino blanco que tomamos en un restaurante muy agradable con vistas al paisaje; y, de una forma muy especial, el Loreley y la leyenda que existe sobre una joven doncella de gran belleza y de quién el peñasco toma el nombre. En esto último influyó que lo visitamos por la tarde cuando el sol de otoño dejo ver su rostro dorado entre las grises nubes y la ladera del otro lado del río, como cuenta la leyenda. Inquietante, muy inquietante.






Una vez que regrese a Murcia busque información en relación a Loreley, la doncella, y encontré en muchos sitios referencias pero con una descripción muy breve de los sucesos que acontecieron y a raíz de los cuales surgieron otros ..., terribles, muy terribles. Así que movido por las sensaciones que en mi dejaron el Rin romántico, la intuición y un poco de imaginación aquí les expongo una versión quizás muy personal de esa historia que se pierde en el tiempo y ahora la entendemos como leyenda. Pero, ¿sucedió?. Misterioso, muy misterioso.

En lo alto del acantilado Ley había un castillo, que ya no existe, y en el que vivía un poderoso caballero que tenía solamente una hija, joven, virgen, muy bella y de larga melena rubia, que se llamaba Lore. La joven fue seducida por un apuesto hombre del que cayo enamorada y al que se prometió, pero quiero creer que a pesar de la negativa del padre. El pretendiente -Don Thennorien parece ser que fue su nombre- de origen romano era devoto del dios Baco al que rendía culto en tabernas y todo tipo de antros, era además pendenciero, mujeriego y tenía debilidad por las doncellas. El padre ya muy mayor, viudo y tremendamente cansado de tanto guerrear, sólo anhelaba la alegría y la paz de unos nietos bajo su techo, así que cedió ante las suplicas de su adorada hija y fijaron la fecha de la boda en un día de otoño. Thennorien como dote aportó unos viñedos situados en la ladera del Rin y una bodega de vino que había heredado de su familia romana, pero que se estaba bebiendo literalmente a grandes tragos.

El día llegó, Lore radiante, pletórica de ilusión, pero el seductor no se presento. No se si fue porque estaba con amigachos de parranda, seduciendo a otra doncella o batiéndose con un padre o un marido deshonrado. La inocente Lore, imagínense, quedó desolada en el altar, compuesta y sin novio, con su bonito traje blanco a la última moda, que un druida, un bardo, un repartidor de menhires y un guerrero chiquitín pero de gran astucia, trajeron de Lutecia por encargo de su jefe que era amigo del padre de Lore; ambos en su juventud habían formado filas contra un romano alto y de prominente nariz. En largas mesas del gran salón del castillo quedó el cáterin ya contratado, en el que servirían cerdo asado acompañado de salsas de frutas del bosque y distintas variedades de setas, codillos hervidos y al horno acompañados de col fermentada, salchichas y demás manjares. ¡Ah!, y jabalíes empalados para los galos que eran de paladar menos educado. Todo ello regado con distintos vinos blancos pero en general de color amarillo pálido con tinte verdoso, olor afrutado, paladar suave y con sabores frutales como pomelo, limón y manzana. También el padre había contratado a los trovadores que interpretarían sus últimas composiciones, bailarinas zíngaras, malabaristas y bufones, incluso un gitano con un oso amaestrado que hacía sus piruetas al ritmo de la pandereta que tocaba una bonita gitana de largo pelo negro; y todo ello ya pagado, ¡qué desastre!. No obstante, los artificios que haría el druida galo y el final de fiesta por parte del bardo galo, cuyo singular canto garantizaba la marcha de todos los invitados, eran también un regalo del jefe galo amigo del padre; en cualquier caso, ¡qué desastre!. 


Todo esto debió contrariar y molestar sobre todo al padre. A ella, a Lore, se le debió romper el corazón, había creído los versos y demás pamplinas que aquel apuesto seductor le había cantado al oído y que habían inundado su ser de una tremenda ilusión. Estaba convencida que Thennorien sería para ella, como decía la canción de un trovador del Noreste de Iberia, “.. fuerte para ser su señor y tierno para el amor”; además, tendrían unos preciosos hijos de ojos azules, cabello rubio y blancas y perfectas dentaduras, que algún día colonizarían otro continente. Pero Lore sentía, también, una gran indignación y vergüenza por los cuchicheos y chismorreos que mantenían entre risas contenidas las jóvenes aun no desposadas y sin compromiso a la vista, las solteronas a las que ya se les había pasado el arroz, y las esposas ignoradas y despreciadas por sus maridos; la desdicha de Lore reconfortaba sus frustradas vidas. Mala leche, muy mala leche.

Así que desilusionada, desengañada y humillada, se dirigió al borde del alto peñón y, ataviada aún con su precioso traje blanco de diseño, se suicidó. Dejo caer su cuerpo a las rápidas y frías aguas del Rin, siendo sólo testigo de su caída el sol del atardecer de un día de otoño que dejo ver su rostro dorado entre las grises nubes y la ladera del otro lado del río, para iluminar a la joven doncella que resplandecía sobre la oscura pizarra del acantilado, mientras descendía a los brazos del Rin. Triste, muy triste. Después el sol se ocultó, estallo una fuerte tormenta, el valle se sacudió y en el lado que la corriente golpea fuertemente la base del acantilado surgieron rocas que formarían parte de la venganza de Loreley. Estremecedor, muy estremecedor.

Este mirador, antaño sin baranda, pudo ser el lugar desde el cual la bella Lore se arrojo al Rin.

Pero aquí no termina la leyenda, porque el fantasma o el espíritu de Lore, despechado con los hombres a los que tuvo tiempo de maldecir en su larga caída de 435 pies, les imprimiría un severo castigo. Al atardecer, iluminada por el sol, igual que el día de su desdicha, Loreley se aparecía sobre una roca en la curva del río, desnuda y en una postura no muy decorosa, peinando su cabello y entonando una canción mágica que el eco envolvía en el angosto valle. Los tripulantes de las embarcaciones al aproximarse a la curva del acantilado quedaban atrapados por la melodía y, o bien, se relajaban y no ponían atención en las maniobras oportunas para evitar el empuje de la corriente, o bien, los más lanzados ponían rubo directamente a las rocas. En cualquier caso el barco se destrozaba y los marineros eran engullidos por el río. Cruel, muy cruel.

No se sabe con certeza cuando terminaron estos sucesos catastróficos, pudo ser que el Rin cansado de albergar tanta embarcación en su lecho tomara cartas en el asunto y apaciguara al espíritu de Lore, o ella, en un momento dado, decidió que ya eran suficientes los hombres sacrificados, o, una posibilidad menos romántica, la incorporación del motor a vapor en las embarcaciones venció el empuje y la furia de la corriente, pero también su estruendoso y rítmico sonido ahogó el delicado canto de Lore. En cualquier caso, cuando estuve en el Loreley no me acerque para hacer unas fotos a la estatua de Lore, que esta desnuda sobre una roca en el río, porque esa tarde de otoño el sol asomó su rostro dorado entre las grises nubes y la ladera del otro lado del río ..., como cuenta la leyenda. Misterioso, muy misterioso.



En cuanto a Don Thennorien se bebió toda su herencia romana y se marcho a Iberia donde forjo su propia leyenda que con los siglos se conocería como la leyenda de Tenorio, Don Juan Tenorio; pero esa es otra historia.

Saludos flamencos y buen viaje,

Comentarios

  1. Gracias, maravilloso lo que cuentas, y las fotos... estupendas!!!

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  2. Si Thennorien aportó como dote unos viñedos situados en la ladera del Rin y una bodega de vino.... Thennorien era un buen partido ¿vale?

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    1. Efectivamente, pero el padre de Lore sabía de buena tinta que Thennorien se lo estaba bebiendo todo.

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