domingo, 21 de julio de 2013

Las islas Azores en la dorsal Atlántica y los volcanes Fogo y Furnas en la isla de San Miguel. ¡Ah!, y un cocido geotérmico.


Lagoa do Fogo
Las islas Azores están situadas entre América y Europa en medio del Océano Atlántico, pero son mayoritariamente europeas, no porque pertenezcan a Portugal y esta a la Unión Europea, sino fundamentalmente por algo que escapa a nuestra organización geopolítica. Están en la placa tectónica Euroasiática, eso sí muy cerca de la dorsal oceánica que separa ambas placas, tan cerca que dos de ellas, las más occidentales (Flores y Corvo), están al otro lado de la dorsal oceánica, en la placa Americana.
En las dorsales oceánicas, que se localizan en el centro de los océanos y se manifiestan como grandes elevaciones submarinas, existe una discontinuidad de la litosfera por donde fluye continuamente el magma desde la astenósfera y a través de un surco central llamado rift. El afloramiento del magma a lo largo de millones de años es lo que hace que los continentes se vayan separando, en el caso del Océano Atlántico a razón de 2 cm por año. En estas zonas la litosfera es más frágil y en algunos puntos surgen volcanes que pueden emerger por encima del nivel del mar y formar islas, y este es el origen de las islas Azores e Islandia. En esta última hay un punto en el que el rift ha emergido -es el único caso en el mundo- concrétamente está en la península de Reykjanes, y que espero ver en persona en unos pocos días. ¡Homérico! simplemente cruzando un pequeño puente estas en América o en Eurasia. Pero esa es otra historia que les contaré más adelante, si, finalmente, todo sucede como tiene que suceder y llego a estar allí. 

 
Volvamos a las Azores, en las que ya estuve. Las islas han ido surgiendo en sucesivas erupciones a lo largo de miles de años, una detrás de otra, según la dorsal ha ido empujando a las dos placas, primero las más orientales Santa María y San Miguel y después el resto. La última gran erupción, que duró más de un año, sucedió en los años 50 del siglo pasado, el volcán Capelinhos en la isla de Faial –que es la más próxima al rift en la placa euroasiática- escupió tanta lava que la isla creció más de dos kilómetros.
Efectivamente allí estuve pero, lamentablemente, sólo en San Miguel que es la más grande y en principio la más interesante, aunque según tengo entendido en cada una de ellas la naturaleza tiene un atractivo singular. Espero ir algún día a Flores y Corvo al otro lado de la dorsal, en la placa Americana, y a Faial, Pico, San Jorge, Graciosa, Terceira y Santa María en la Euroasiática. Pero antes iré al norte, como ya he dicho a Islandia.

La isla de San Miguel, conocida como la isla verde, presenta numerosos indicios de su origen volcánico y una gran diversidad de ambientes y paisajes, lo cual intenté reflejar en una presentación fotográfica que ya publiqué en este blog: San Miguel la isla verde de fuego. Como también comente allí, un aspecto interesante de la isla son tres volcanes con lagos permanentes en la caldera de sus cráteres. De Oeste a Este de la isla: Sete Cidades, el más espectacular; Fogo, el más pequeño pero su origen es muy evidente, al igual que el anterior; y Furnas el más llamativo, porque en sus cercanías además hay fumarolas y piscinas de aguas termales ferruginosas y todo ello inmerso en una vegetación exuberante. Bien, pues en este artículo nos centraremos en este último, aunque la primera fotografía es del segundo.

El volcán Furnas contiene al menos dos calderas, una de ellas, la situada al oeste, presenta un magnifico lago de unos 2 kilómetros de longitud, y en el valle que forma el volcán, que recibe el nombre de “vale Formoso”, también se encuentra el pueblo de Furnas. Es uno de los lugares de obligada visita para el turista, y como turista que era cuando estuve, pues allí que fui.



 En el mismo pueblo se encuentran las “Caldeiras das Furnas”, que es un área en el que se manifiesta la actividad volcánica. Una “caldeira”, o fumarola, es un charco de agua en ebullición que desprende vapor, algunas son de barro y otras de aguas sulfurosas. En una en concreto, que tenía un fuerte color amarillo, y un aun más fuerte olor a sulfuros (huevos podridos), un paisano cocinaba panochas de maíz que introducía dentro de un saco de plástico y que dejaba durante un tiempo. Después se vendían en un puesto a los turistas, y como buen turista que era, pues una que me comí; estaba muy rica, no tenía sabor a sulfuros. 



Paseando por los alrededores de “Caldeiras”, entre la espesa vegetación con grandes helechos, observamos algunas fumarolas no tan espectaculares pero que desprendían también vapor; se crea un ambiente tan jurásico, que no podía evitar imaginar que en cualquier momento, de entre la vegetación, asomaría un dinosaurio, uno de los peligrosos para dar más emoción, un Tyrannosaurus rex. Pero el único animal con el que me tope fue una cabra de muy buen aspecto, pero nada que ver con la cabra murciano-granadina de la que ya les hemos hablado en alguna ocasión (aquí y aquí). Es uno de nuestros grandes orgullos regionales; el aeropuerto no.



Este fue el primer lugar que visitamos en una mañana despejada del mes de agosto (anticiclón en las Azores, ya saben), aunque de camino desde Ponta Delgada hicimos un quiebre para visitar el volcán Fogo que tiene una vista magnífica desde la carretera. Después de las “Caldeiras” nos dirigimos a la laguna, a un lugar donde hay una pequeña playa de arena, algunas fumarolas y las cocinas naturales donde se elabora el famoso “cozido” uno de los platos populares de la isla.



Tradicionalmente los Domingos las familias viene a este lugar, entierran unas ollas cerradas herméticamente en unos hoyos ya preparados para este fin y la energía geotérmica cocina los ingredientes, que básicamente son: Verduras, garbanzos, carne de pollo y cerdo y embutidos locales. Esta tradición es también un gran reclamo turístico, hasta el punto que los restaurantes de Furnas lo preparan de esta forma todos lo días, al menos en temporada alta, y después lo sirven en sus respectivos locales del pueblo. Como es natural también en esto fui un turista disciplinado y comí el famoso “cozido”, como es preceptivo. 


 
Estuvimos temprano en las cocinas naturales para ver el trajín de cocineros, paisanos y turistas, y luego, y mientras se guisaban geotérmicamente aquellos alimentos, dimos un paseo magnifico por un sendero que discurre por la ribera del lago. La vegetación es, como mencioné anteriormente, exuberante y el paisaje treméndamente atractivo, pero quizás está cargado de demasiadas especies foráneas, muchas de las cuales fueron traídas cuando San Miguel era el último puerto antes de llegar a Europa tras los largos viajes a los nuevos mundos. Así, por ejemplo, vimos bambú de Asía, helechos arbóreos de Nueva Zelanda, hortensia y cedro japones de Japón, o la conteira de Nepal. En un artículo muy interesante sobre este asunto, y que les recomiendo, se puede leer: Actualmente, solamente el 30% de la flora azoreana se considera nativa de este archipiélago. El resto corresponde a especies introducidas que, con el tiempo, se asilvestraron y desplazaron a las plantas autóctonas” (En: Un paseo botánico por Las Azores por Lázaro Sánchez-Pinto).

Cuando se hizo la hora del almuerzo fuimos a Furnas y dimos cuenta de una buena bandeja de cocido. Esta rico, por supuesto, pero no deja de ser un cocido como los que podemos disfrutar en muchos lugares de la península, como el cocido maragato, el cocido madrileño o el cocido con pelotas murciano. No obstante, y al igual que estos y otros que no he citado, tiene su personalidad propia y merece un lugar destacado. No hago este comentario para quitarle mérito, sino porque quiero resaltar lo que creo espectacular de la gastronomía de San Miguel: los productos que del mar extrae una pequeña flota artesanal, de tal calidad organoléptica que no necesitan de elaboraciones complejas. Nunca podré olvidar, por ejemplo, una enorme rodaja de cherna (Polyprion americanus) a la plancha que me sirvieron en un almuerzo, o una cena en la que me enfrente a un ejemplar magnífico de cigarrón, o cigarra (Scyllarides latus), hervido en agua de mar. En ambos casos, acompañados por un vino blanco muy fresquito de la tierra, un “Verdelho”. ¡Sublime!.

Pero sigamos con la visita turística. Tras la inevitable copiosa comida, nos fuimos a hacer la digestión a un lugar muy refrescante en Furnas, su jardín botánico “Terra Nostra Park” que data del siglo XVIII y en el que destacan sus magníficos árboles centenarios, a la sombra de los cuales di unas cabezaditas reparadoras. Después dando un paseo muy civilizado, despacio y observando todo lo observable, visitamos el resto del jardín, donde, entre estanques y canales de agua, pudimos apreciar plantas de muchos lugares del mundo. El recorrido concluyó en una piscina de agua termal ferruginosa en la que me di un baño estupendo, que contribuyó a mi relajación total: Física, mental y espiritual. 

 
Yo diría que San Miguel es un destino tranquilo de turismo de naturaleza y Furnas es quizás el punto con mayor ajetreo turístico, pero tiene también su encanto y combinado con visitas a otros lugares del interior, o la costa, donde en ocasiones sólo te cruzas con las vacas -se suele decir que en San Miguel hay más vacas que personas- resulta un viaje muy equilibrado con un “Poco de Todo”, y en el que podemos disfrutar de la “Diversidad” de ambientes y paisajes. Ya les contaré algo más sobre esta encantadora isla verde de fuego, pero ahora, si me disculpan, lo que me toca es ir a Islandia, la isla de hielo y fuego …

Buen viaje y saludos flamencos,

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3 comentarios:

  1. gracias por ésta magnífica oportunidad de conocer en fotografías y descripción la isla de San Miguel, hiciste un muy buen reportaje, y sin duda muy buenas fotografías, saludos.

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  2. No se mencionan las ruinas submarinas de hace 12 mil o 15 mil años

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    Respuestas
    1. Pues no las he mencionado porque no tenía noticia de ellas, pero indagaré sobre tal asunto. Gracias por la información y saludos flamencos,

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